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Silvia Cuevas-Morales

martes, 21 de mayo de 2013

EL SECRETO

Hola amig@ visitante. Aunque normalmente comparto poesía hoy he decidido compartir un relato breve. Con la muerte del dictador argentino Jorge Rafael Videla, recordé este texto que espero que disfrutes. Gracias por tu visita.


EL SECRETO



Otra vez aeropuertos, controles, ojos escudriñadores que me enjuician de pies a cabeza. Con mis maletas cargadas de recuerdos desembarco en Barajas en busca de una nueva vida. Atrás quedó mi segundo hogar, aquel gélido país que me tendió una mano en tiempos difíciles pero al que jamás me acostumbré. Durante años intenté adaptarme a mi nueva cultura, cambié de lengua y profesión y me convertí en otra persona en un vano intento para olvidarme de mi pasado.

Ansiosa por recomenzar mi vida, en un país en el que por lo menos se hablara mi lengua, tras largos años de espera y de pesadillas burocráticas, conseguí un permiso temporal para vivir en España. La madre patria abría sus brazos con desconfianza a esta exiliada de un país nórdico, cuyos rasgos no encajaban con el estereotipo de la nacionalidad que afirmaba su pasaporte. Tras un espera de unos angustiosos minutos el agente por fin selló mi pasaporte y, sin despedirse siquiera, llamó a la siguiente persona en la fila. Recogí mis documentos y me dirigí a recoger mis pertenencias.

Durante años paseé mi soledad por las aseadas avenidas de aquel país nórdico, intentado perderme en el anonimato. Intentando en vano borrar todos aquellos recuerdos y a aquellos compatriotas que con crueldad me habían arrebatado a mi compañero Pablo. 

En nuestra juventud, Pablo y yo habíamos militado en una agrupación de jóvenes revolucionarios. Nos creíamos capaces de cambiar nuestro país y el mundo entero. Eran los años setenta y nuestra juventud nos llenaba de fuerza, movidos por la esperanza y la ilusión. El sueño de llegar al poder y cambiar las injusticias por fin se hacía realidad de acuerdo a las pautas democráticas de libre elección. Creíamos haber vencido a ese monstruo que exprimía a nuestro pueblo hasta dejarnos en los huesos; creíamos que por fin seríamos libres de toda explotación. Pero demasiado pronto nos despertaron bruscamente de nuestro sueño y junto a miles presenciamos atónitos como los tanques arrasaban el Palacio Presidencial. Luego comenzaron a desaparecer nuestros compañeros, comenzaron las hogueras para borrar cualquier rastro de literatura considerada “peligrosa”, los allanamientos, los tiros en la oscuridad de la noche, los charcos sangrientos en las aceras al salir de casa.



Pablo fue detenido y se rumoreó que alguien había revelado su escondrijo. Temiendo por mi vida, logré escapar a un país vecino y más tarde conseguí exiliarme en Europa.



Recojo mis maletas y nerviosa salgo al exterior. Un ex compañero de nuestra antigua agrupación me ha ofrecido alojamiento hasta que pueda instalarme por mi cuenta si así lo deseo. Impaciente busco su rostro entre las personas que se amontonan ilusionadas por abrazar a sus seres queridos. No reconozco ningún rostro y me pregunto si habrá cambiado demasiado, como yo. Han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos cara a cara. Me alejo un poco del gentío y me dispongo a esperar.



¡Negra! Alguien me sonríe y me abraza con fuerza. Es Tito, Tito, el del cabello largo y la barba espesa. Tito, que ahora no lleva ni barba y casi no le queda pelo en la cabeza. Nos abrazamos emocionados, un abrazo fraternal tras unos treinta años de ausencia. Me ayuda con el equipaje y nos dirigimos hacia su coche.



Yo lo miro incrédula. Tito, el que no dio señales de vida durante mucho tiempo. Ni siquiera sabíamos si estaba vivo o muerto. Como le sucedió a tantos compañeros y compañeras, simplemente se esfumaron un día y jamás pudimos cerrar la herida y despedirnos en un entierro. Tras años de no saber nada, alguien lo localizó, se había exiliado en Bélgica y luego en España. Un amigo en común nos puso en contacto y durante un tiempo nos escribimos muchas cartas, nos enviamos cintas, pero jamás fotos. Yo jamás quise que él viera el fantasma de lo que una vez fui. En la distancia se convirtió en mi único amigo y aunque nunca lo dijimos alto y claro, de cierta forma fuimos más que camaradas.



Fue Tito quien me impulsó a seguir los trámites diciéndome que en España estaríamos mucho mejor, que tal vez podríamos comenzar una nueva vida. Ese día por fin ha llegado y son sus brazos fuertes los que me rodean y me hacen sentir una energía que desde hace años había considerado muerta.



Tras una hora de viaje llegamos a su apartamento. Un piso pequeño, un quinto sin ascensor. Me muestra la habitación, el baño, la pequeña cocina que forma parte del salón. Los afiches en la pared se asemejan a los de tantos exiliados: la omnipresente fotografía del poeta, aquella cantante con melena que difundió nuestra música por todo el mundo, y la eterna guitarra en un rincón del salón. En mi otra patria algunos amigos se reían y me preguntan si en mi país todos escribían poesía y tocaban la guitarra.



Comienza a llover y desde la pequeña ventana se vislumbran tejados y antenas y buhardillas con ojos diminutos. Tito me pasa unas toallas y se disculpa por no tener bañera. Me siento un poco fatigada y una ducha es lo que más me apetece para quitarme el cansancio. Tito me dice que puedo dejar mis cosas en su habitación, que él dormirá en el sofá.



Tras la ducha me siento reconfortada y una vez vestida me acerco al sofá donde está Tito con una botella de vino. Charlamos durante una eternidad, hasta que con ternura Tito me acaricia la cara y me besa. Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que estuve con un hombre, pero respondo a su beso y lo dejó guiarme hasta su habitación. Tanto pasado compartido, tantos años de comunicarnos sin poder vernos ni tocarnos. En la cama nos besamos y me siento invadida por las sensaciones que me trasmiten sus manos, su piel, su aroma. Hacemos el amor durante horas, sin prisa, sin miedo, como dos antiguos amantes que se vuelven a encontrar ya en edad madura. El cansancio nos invade y juntos nos dormimos con nuestros cuerpos enlazados. 

Los primeros rayos de sol me despiertan y me sorprendo al encontrar a Tito despierto, mirándome con ojos llorosos. Ante mi mirada interrogante rompe a llorar mientras me abraza y sus lágrimas se deslizan hasta caer en mi pecho desnudo. Le pregunto qué le pasa, por qué llora. Él me mira como si estuviera avergonzado, no sabe cómo empezar, pero tiene que decirme algo. Tiene que confesarme algo ya que no puede seguir ocultando ese terrible secreto que le ha impedido continuar con su vida desde hace tanto tiempo. Sus palabras entrecortadas me hacen temblar de miedo, todo el piso se derrumba a mi alrededor y mis músculos se contraen de tensión y pavor. ¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que tienes que decirme? Con voz temblorosa y entre sollozos me dice: “Pablo... Pablo..., fui yo quien lo delató...”