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Silvia Cuevas-Morales

jueves, 4 de julio de 2013

EL ASILO

Hace un par de días se comentaba la noticia de que China iba a obligar por ley a prestar atención a los padres y madres ancianos. A mí no me pareció una mala idea y recordé este cuento que escribí hace muchísimos años... creo que tenía unos diecisiete o  dieciocho años.



El asilo

Al entrar sentí un frío intenso, las paredes emitían un olor agrio de humedad y abandono. Paredes viejas, cansadas de ver decrepitud y soledad; era un hogar de ancianos pobres en un rincón antiguo de una ciudad latinoamericana.

Cuando  abrí la puerta  me saludó un largo pasillo de baldosas grises. Comencé a caminar con paso tembloroso, con miedo de abrir la gran puerta de madera que se extendía enfrente de mis ojos adolescentes. Miedo de ver a aquellos ancianos que sólo parecían esperar a que llegara su hora. Me aterraba la idea, el sólo pensamiento que yo también llegaría a ser como ellos, sola, sin ningún familiar alrededor mío.

Abrí la puerta lentamente y me encontré dentro de una habitación. Ante mi vista se extendían dos largas hileras de camas blancas y muchas ancianas. Algunas me miraron con asombro, otras con una sonrisa arrugada; otras ni se percataron de mi presencia; ausentes, con los ojos fijos quién sabe en qué lugar.

Repentinamente sentí que una viejecita me llamaba y me invitaba a conversar con ella. Me acerqué tímidamente y me guió hacia un pequeño jardín al final de la sala. No sabía que decir bajo su mirada. Ella seguía mis movimientos con unos ojos pequeñitos y húmedos que se hundían en su piel rugosa, una piel que seguramente años atrás era suave y tersa.

Después de unos minutos se levantó del asiento y entró en la habitación. A los pocos minutos volvió con una pequeña bolsita de crochet. Se sentó con dificultad y extrajo un sobre que me extendió con manos temblorosas. Abrí el sobre y saqué una fotografía amarillenta. La anciana, con los ojos húmedos y brillantes observó la fotografía. Después, con una mano áspera y temblorosa, me señaló a la joven que salía en el retrato y habló con una voz baja y gentil:

"Esta era yo muchos años atrás, cuando tenía tu edad, cuando tenía sueños, amigos, familia. Todo. Lo tenía todo y ahora no tengo nada, sólo recuerdos y fotografías descoloridas..." No supe qué decir, sólo atiné a tomarle la mano y la miré a los ojos; aquellas pupilas fatigadas que me miraban con tristeza y con sabiduría.

Se acercaba el mediodía y más ancianas desfilaron enfrente de nosotras de camino al comedor. Algunas caminaban apoyándose en bastones o muletas, otras permanecían inmóviles en sus camas, mudas, con la mirada perdida en los recuerdos. Otras caminaban lentamente arrastrando los pies, pasos cansados de tanto andar por la vida. Nadie hablaba; una anciana alta tosía ronca y brevemente al compás de cada paso.

La anciana de la fotografía se levantó con su cuerpo encorvado, como si le pesaran los años que la habían ido dejando atrás. Me miró tiernamente y sonrió acentuando más sus notorias arrugas. Hasta luego me dijo,  pero antes de que me vaya, un consejo:
"Cásate y ten muchos hijos y nietos, para que no termines sola abandonada en uno de estos lugares.." Dejando la foto en mis manos se alejó de mí lentamente. Tomé la fotografía y la guardé furtivamente en mi bolso, me levanté del asiento y salí de aquel lugar como si llevara un gran tesoro. Adiós abuelita, pensé para mis adentros, sintiendo un gran peso de culpabilidad por haberla abandonado a su suerte en tan triste hogar.

Publicado por primera vez en el periódico “El Español en Australia”, 1994.
Pintura de John Lautermilch