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Silvia Cuevas-Morales

lunes, 7 de abril de 2014

UN VIAJE DE PESADILLA PARA LOGRAR UN SUEÑO

Hola, hoy traigo este relato breve que resultó finalista en el V PREMIO INTERNACIONAL DE RELATOS MUJERES VIAJERAS 2013 y que fue publicado en la antología del mismo nombre, por Casiopea Ediciones, Madrid, 2013.


Un viaje de pesadilla para lograr un sueño

Martina ya llevaba tres días en Puno y se sentía ansiosa por continuar su viaje. Debido a una huelga inesperada, no había medios de transporte disponibles para salir de la ciudad y llegar a Cuzco, donde pensaba quedarse unos días para lograr su meta, su añorado sueño - visitar la antigua ciudad incaica de Machu Picchu.

Al comienzo el tener que alargar su estancia no le importó demasiado porque le daba tiempo para ir adaptándose a la altura, ya que Puno es la quinta ciudad más alta del mundo. Tenía previsto pasar una noche pero al enterarse de la huelga habló con la recepcionista y ésta le dijo que tenía una amiga que podía llevarla al Lago Titicaca. Martina no dudó y pasó un hermoso día en el lago. Viajó en una barquita de totora y tuvo la oportunidad de visitar una de las islas flotantes de los Uros.

Al día siguiente seguía la huelga y Martina indagó sobre cómo salir de Puno pero seguía sin haber alternativas. En el hotel le advirtieron que no viajara en los autobuses “pirata”, que eran baratos y que operaban de noche para evitar controles. Martina decidió esperar otro día y logró hacer un tour a Sillustani, un cementerio donde quedó fascinada por las tumbas de la cultura Kolla.

Otro día y Martina tomó una decisión. Había viajado a Puno para llegar a Macchu Picchu y nada le iba a hacer desistir de su sueño. Preparó la mochila y preguntó dónde se tomaban esos autobouses “piratas”. Al anocher, ilusionada, se subió a un destartalado autobús que la llevaría a Cuzco. Buscó su asiento y acomodó la mochila lo mejor que pudo entre sus piernas. No había sitio para dejar maletas ni bolsos. El autobús fue llenándose rápidamente de gente y de bultos enormes, niños pequeños, algunas gallinas, un bebe que lloraba. Un joven indígena se sentó a su lado sin mirarla. Martina se percató de que sólo viajaban dos personas “blancas”, ella y otro joven. El autobús se mecía y se escuchaban pisadas en el techo, era evidente que arriba estaban cargando muchas cosas. Todos los asientos iban ocupados, incluso el pasillo. No cabía un alfiler y las ventanas se empañaban con el calor humano.

Tras una eternidad el autocar por fin se puso en marcha. Ya era de noche y al salir de Puno la carretera se convirtió en un camino de pedruscos y tierra. No habían señales ni luces y el autobús avanzaba en la más profunda oscuridad. Sólo se veía el camino cuando otro vehículo venía en la dirección contraria y alumbraba con sus focos. Martina vio que era un camino angostísimo y al limpiar el vaho de la ventana vio aterrada que circulaban al borde de un precipicio.

Alrededor de las tres de la madrugada una niña de unos cuatro años, salió de la nada y se paró delante del autobús, obligando al chofer a pisar el freno con fuerza. La pequeñita aporreaba la puerta pero el chofer se negaba a abrirla. Al no comprender qué sucedía le preguntó al joven. Éste le dijo, con un español enrevesado, que no podían fiarse de la niña. Que podía ser una trampa de bandoleros para hacerse con las mercancías que llevaba la gente o podía tratarse de Sendero Luminoso.

Para alivio de Martina, el chofer continuó, dejando atrás a la niña que pronto fue tragada por la oscuridad. Una hora despúes, se detuvieron abruptamente. Martina intentó preguntarle al chico qué pasaba pero éste dormía. Luego comenzaron a moverse y Martina vio aterrada como se metían en un río. No tenía mucha corriente pero las piedras y el agua hacían que el autobús se meciera violentamente. El chico se despertó con el fuerte vaivén y dijo – “deben haber volado el puente...”  Martina se maldecía por haber cogido este autobús. Fuera seguía lloviznando pero dentro hacía calor y olía mal, pero cada vez que intentaba abrir la ventana, una mano la cerraba con fuerza. Intentó dormir pero no podía. No tenía idea de la hora en que llegaría a Cuzco ni dónde se alojaría. Todos sus planes se habían visto trastocados por la huelga.

Otro alto en el camino. Martina escuchó voces y fuertes pisadas. Limpió un círculo en la ventana y pudo vislumbrar las puntas de varios rifles. Al chofer lo obligaron a bajarse, luego las mujeres comenzaron a gritar porque estaban bajando los bultos del techo. Martina volvió a apelar a la compasión de su acompañante pero éste la miró inquieto y no dijo nada. Buscó con la mirada al otro joven turista y este le dijo - “Manténte quieta y que no se fijen en ti”. Martina tragó saliva. ¿Qué significaba eso? Su vecino le susurró - “anoche asaltaron a otro autobús y violaron a una turista”. Martina vio como su sueño se estaba convirtiendo en su peor pesadilla.

Martina comenzó a sudar de pavor y se hundió en el asiento por si esos hombres subían al autobús. Amparada por su poncho, se sacó el dinero del cinturón y comenzó a distribuirlo. Puso un poco en un lado de la mochila, otro poco en sus calcetines y otro poco debajo del asiento. Dudó si esconder su pasaporte. Si la sacaban del autobús y la dejaban tirada en la carretera nadie jamás la encontraría porque seguro que le arrebatarían el pasaporte. Lo escondió en el forro del asiento delantero que estaba medio roto. Si desaparecía, alguien encontraría el pasaporte tarde o temprano y avisarían a su embajada...

Ninguno de los hombres subió, el chofer volvió al autobús y les dijo algo a los pasajeros en su lengua. Hubo alaridos y quejas pero nadie se movió de su sitio. Martina supuso que les habían quitado algunas de sus pertenencias pero era evidente que nada era más importante que su vida.

Tras unos minutos eternos el autobús por fin reanudó su marcha. Martina se durmió, agotada de la tensión y cuando despertó amanecía. Ya se veían casitas y entraban en una ciudad. Al pasar un letrero sonrió aliviada, la señal indicaba un desvío para Machu Picchu y anunciaba la entrada en Cuzco. Por fin había llegado sana y salva para cumplir su sueño.  


Silvia Cuevas-Morales