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Silvia Cuevas-Morales

sábado, 2 de noviembre de 2013

LA FAMILIA


Este próximo martes 5 de noviembre, se presentará en Madrid el libro colectivo de relatos, COSECHA DE VERANO, editado por Unaria Ediciones, 2013. Tod@s l@s autores hemos cedido nuestros derechos y por cada copia vendida, se donarán 2€ a la ONG Agua Pura, que ayuda a construir pozos de agua en Kenia. Comparto mi relato para quienes no puedan comprarlo o asistir a la presentación.

La familia

Paula se aguantó la rabia y salió al jardín a fumar un pitillo para calmarse. Se sentía profundamente cansada tras un largo viaje de emergencia a su país natal. Tras muchas horas de avión llegó a lo que había sido su hogar durante largos años, para reencontrarse con sus antiguas amistades y su familia... o lo que quedaba de ella.

Su hermano fue quien la recibió en el aeropuerto, con un abrazo contenido de que rápidamente se deshizo. Nunca había sido muy cariñoso con ella y se habían ido distanciando más desde que Paula abandonara su país. Jamás lo comprendería pero Paula ya había aceptado que su familia la castigara por haber dejado el hogar, aunque en parte lo había hecho por el bien de ellos. Por lo menos se ahorraban los chismes y las preguntas de “¿..y cómo está tu hijita? Cuando en el fondo quienes preguntaban no les interesaba saber cómo estaba sino si seguía siendo igual que antes. En su país ser diferente era muy difícil y Paula no soportaba tener que seguir ocultando quien era, ni con sus parientes ni con sus compañeros de universidad.

La familia había hecho todo lo posible para “enderezar” su camino, desde terapias para tratar un supuesto “trastorno psicológico”, hasta pruebas físicas para controlar su supuesto desequilibrio hormonal. Había pasado mucho tiempo de eso y Paula ahora podía incluso esbozar una sonrisa cuando pensaba en esas estúpidas sesiones con un psicoterapeuta que parecía más interesado en averiguar los detalles de sus primeros escarceos sexuales que en modificar su conducta.

“Jamás comprenderán que yo no sufro de ningún trastorno, son ellos los que se mueren de miedo...”, pensó Paula. De joven casi llegaron a convencerla de que estaba enferma y cuando sus padres descubrieron la relación que mantenía con Marisol, la sacaron rápidamente de la escuela y la matricularon en un internado de monjas. Lo que no había podido hacer la ciencia tal vez lo pudiera hacer la religión. A pesar de las estrictas reglas del internado, Paula se sintió un poco más aliviada al no tener que enfrentarse  a sus padres ni a su hermano todos los días. Por lo menos vivía rodeada de mujeres...

Cuando terminó los estudios secundarios, su madre perdió la vida de manera trágica en un accidente. Paula ya había decidido abandonar el hogar familiar pero tras la muerte de su madre decidió aplazar su decisión. No podía abandonar a su padre y hermano bajo esas circunstancias, sin embargo su padre la animó a seguir una carrera universitaria. “Por lo menos sé alguien en la vida”, le dijo. Entró en la universidad y allí conoció a Pedro, un compañero de la facultad. Pedro era un chico amable y risueño que la cortejó durante meses hasta que Paula cedió. Sabía que no lo quería pero él era muy tierno y tras un año de noviazgo aceptó su propuesta de matrimonio. Por lo menos de esta manera saldría de su hogar y su padre y hermano la dejarían en paz. Tuvo una hija, pero como era previsible el matrimonio duró poco tiempo. Aunque su padre se enfadó mucho la siguió apoyando económicamente durante un tiempo gracias a su hijita.

Pero la vida da mil vueltas y un día, mientras caminaba por el parque, se dio de bruces con su antiguo amor. Marisol se detuvo en seco al ver a su amiga, y sin mediar palabra ambas se fundieron en un profundo abrazo. Todas las sensaciones y emociones que habían sentido de niñas reaparecieron con la fuerza de un río desbordante. Ya no eran dos niñas, sino dos mujeres adultas, y sin importarles las miradas de los transeúntes sus labios se buscaron ansiosos mientras sus manos se acariciaban mutuamente.

Tras ese encuentro siguieron viéndose con frecuencia hasta que tomaron la decisión de abandonar su país y planificaron el viaje juntas. Los padres de ambas intentaron separarlas nuevamente, incluso se reunieron las dos familias para ver qué podían hacer con esas ovejas descarriadas. Nada sirvió. Paula y Marisol planificaron su viaje meticulosamente y con todo lo que tenían ahorrado, además de vender sus escasas posesiones, compraron tres billetes de avión para viajar rumbo España.

En España no les resultó fácil, ya que a los tres meses de su llegada les caducó el visado de turista, pero igual se quedaron y comenzaron el triste periplo de las personas indocumentadas. Como tantos y tantas tuvieron que vivir hacinadas en un pequeño piso, que en invierno las obligaba a andar arropadas con todo lo que tenían y donde durante el verano sufrían de un calor insoportable. Ambas trabajaban por una miseria y salían poco para ahorrar al máximo y poder alquilar una vivienda digna. Tampoco se atrevían a participar en manifestaciones cuyas causas apoyaban por el miedo a los controles. Sin embargo, a pesar de todo, por primera vez estaban felices, estaban juntas. Formaban una verdadera familia.

Con el paso de los años fueron superando los inconvenientes administrativos y ambas lograron regularizar su situación gracias a la solidaridad de una nueva familia de personas afines que fueron encontrando en su camino. El padre de Paula se negaba a contestar el teléfono cuando ella lo llamaba y las únicas noticias que le llegaban, provenían de su hermano que de vez en cuando le escribía algún mensaje electrónico. Paula no se dio por vencida e insistió, y con el paso de los años su padre le volvió a dirigir la palabra e incluso viajó hasta España. Rechazó la invitación de alojarse en su piso y dejó muy claro desde el principio que la razón primordial era ver a su nieta.

Esta visita de regreso era diferente, acababa de fallecer su padre y Paula quería estar con su hermano para brindarle su apoyo. Aceptó la oferta de alojarse en su casa, junto a sus hijos y esposa, pero el primer día ya se dio cuenta de que había sido un terrible error, el hermano no necesita su apoyo en lo más mínimo. Aunque intentaba mostrarse amable, se notaba incómodo en su presencia. El teléfono no dejaba de sonar y a cada rato llamaban a la puerta para entregar adornos florales. Paula se acercó a una mesa que estaba llena de flores y tarjetas de condolencia, las leyó una por una. Le dolió ver que todas las tarjetas, salvo una, ni siquiera la mencionaban a ella. Todos los pésames iban dirigidos a su hermano, su esposa y sus hijos, como si ella no hubiese sido hija también, y su padre no hubiese sido el abuelo de su propia hija. Dejó la última tarjeta en la mesa y no dijo nada.

Cuando aún estaba en España y había recibido la llamada con la noticia, Paula se había sentado a escribir algo para leer en el funeral, pero su hermano había leído el texto descartándolo de inmediato. Ahora éste le pedía que se acercara a su mesa de trabajo, donde estaba intentando escribir la elegía para el funeral. Paula leyó el escrito y le sorprendió ver su nombre. Mencionaba que ella había viajado a España para continuar sus estudios universitarios. El siguiente párrafo hablaba de como la nuera se había convertido en una hija para su padre... Ninguna mención de Marisol, ni de su nieta, ni de la verdadera razón por la que se habían marchado. Dudó en decir algo y lo dejó pasar, pero esa noche no logró conciliar el sueño y al día siguiente se enfrentó a su hermano de la forma más tranquila posible. “Es mejor que quites ese párrafo acerca de mí, no es verdad.” Su hermano intentó ocultar el enfado pero lo borró con un fuerte golpe en el teclado.

El día del funeral fue triste como cabía esperar pero Paula se sintió reconfortada con el saludo cariñoso de algunos de los asistentes. Muchos de ellos incluso preguntaron por Marisol y por su hija. Era evidente que casi todo el mundo conocía su relación y no parecía importarles, o por lo menos disimulaban su homofobia en pro de la buena educación.

La estancia le resultó muy dura, los roces con su hermano fueron continuos, pero por fortuna aún mantenía algunas amigas que la apoyaron incondicionalmente. Todas se quedaron con la boca abierta cuando Paula les comentó que habían ido a la lectura del testamento y que su padre ni siquiera la mencionaba en él, dejando todo en manos de su hermano y sus hijos. A Paula no le sorprendió no recibir nada, era consciente de que ella se había ido del país y su hermano se había ocupado de su padre. Aunque siempre había vuelto cuando había sido necesario, pero eso no tenía ningún valor, ellos no sabían lo que le costaba viajar. No sabían que muchas veces tenía que privarse de muchas cosas para llegar a fin de mes, que no tenía trabajo fijo, y en demasiadas ocasiones ni siquiera le pagaban sus horas como empleada doméstica. Algo que le sucedió más de una vez cuando se encontraba sin papeles... A lo largo de los años había vuelto más de una vez, pero su hermano, al salir del abogado que dio lectura al testamento, tuvo la desfachatez y poca sensibilidad de decirle: “Lo siento por mi esposa. No la menciona cuando siempre estuvo ahí...”

Lo que más le dolía a Paula era que su padre la hubiera borrado del mapa, y además, cuando fueron a su piso para buscar algunos documentos, encontró algunas de sus cartas hecha añicos. No comprendía el odio de su padre ni el rechazo y mezquindad de su hermano. Tan sólo al entrar en el piso éste le preguntó si quería algo de allí. Paula señaló un adorno que siempre había identificado con su padre. Además siempre lo había dicho en broma cuando su padre aún vivía. “Lo único que quiero cuando te mueras es esto”. Su padre se había reído en más de una ocasión. Ahora su hermano le decía que no, que él siempre había querido eso. Paula lo dejó pasar y se dedicó a vaciar la nevera y las cosas perecibles que se encontraban en la cocina, mientras él se ocupaba de la habitación y de las cosas íntimas del padre. Cuando ya casi habían acabado, el hermano salió con una caja con cosas para tirar a la basura y le preguntó si le interesaba algo. Paula cogió un pequeño marco hecho en Toledo con su fotografía y se tragó las lágrimas.

Al volver a casa esa noche Paula se sentía agotada pero un enorme ramo de flores la esperaba. Su amada Marisol. Paula reprimió la emoción y las ganas de llamar a su compañera enseguida pero no se atrevió a pedir si podía usar el teléfono. Colocó las flores en un jarrón y al ver que la mesa con las flores de la sala estaba llena, las puso en otra salita. Se fue a dormir agotada pero antes le escribió un largo mensaje a su amada. Al día siguiente otro golpe. El jarrón había desaparecido porque aparentemente el aroma que emanaba de las flores molestaban a su cuñada que sufría de alergias diversas. Paula sintió la indignación más profunda pero calló.

Fueron días horribles y Paula se juró que jamás regresaría allí. Había ido para apoyar a su hermano pero él le había dejado bien claro que él “se apoyaba en su familia”. Estaba claro que esa familia no la incluía a ella. Hizo las maletas y por fin llegó el día de volver a España, donde la esperaban Marisol y su hija, y todas esas amistades que conformaban esa otra familia que realmente la apoyaba y quería. Su verdadera familia.

Silvia Cuevas-Morales, de la antologia Cosecha de verano. Castellón, Unaria Ediciones, 2013.